
Ahí voy, ahí la llevo con mi trabajo, lo bueno es que me fascina lo que estoy haciendo, es revolucionario y provocador con carita de academia. Después de estar sentada en la biblioteca oliendo las polillas de Harvard, decidí que ya no podía más, tomé mis chivas decidida a ir al gimnasio.

Después de que ayer me dejaron dos camiones, sí!!!! Pasaron frente a mi cara y no se detuvieron, me hizo pensar en que es cada vez menos común que la gente tenga la voluntad de ayudar. Esto lo he estado cocinando desde hace rato. Se nos ponchó una llanta el otro día, cambiábamos la llanta frente a un parque un Domingo. El lugar estaba lleno de gente, lleno de jóvenes hablando por sus celulares, hombres sentados viendo al horizonte y nadie no una sola alma se acercó. Corrijo, se acercaron a preguntar como llegar a un lugar.
Sin embargo, hoy hubo alguien que redimió mi pesimista punto de vista. Decidida a llegar al gimnasio, vi un autobús con el letrero de NO STOPS, me desilusioné, pero inesperadamente el chofer se paro, me preguntó donde iba, estaba en su camino y me llevó sin cobrarme un centavo. Cuando pierdo la esperanza, siempre hay algo que la regresa. ¡Qué rico! Soy una amargada optimista, vaya combinación.

Hablé por horas con mi amiga R y me di cuenta que la quiero más que nunca, que hemos crecido juntas y que lo rico de pasar los 30s (ella los 40s) es que nos vale un pito lo que la gente piense, es una sensación deliciosa. Libertad dicen que se llama.

